Todas las víctimas de una situación en una Iglesia santa y prostituta

Por Emilia Robles

Proconcil

Cuando el otro día se anunció la «reducción al estado laical» del cardenal  McCarrick como castigo por su demostrada culpabilidad en casos de abusos a menores, estoy segura de que muchos nos lamentamos no de que se le apartara de un ministerio en la comunidad, ni de que se le retiraran títulos añadidos a un encargo en la Iglesia, sino de que se hablara de «reducción al estado laical». El estado laical no es un estado inferior,  al que «degradar» a los clérigos corruptos o a los presbíteros que optan por el matrimonio.

Pensaba haber escrito sobre esto más ampliamente, pero hoy he leído el siguiente artículo de Fernando Bermúdez y me parece que profundiza bien en la cuestión. Creo que queda suficientemente claro en el artículo de Bermúdez, pero por si acaso insisto en que el hecho de que fuera cesando esa diferenciación que crea una separación categórica entre clérigos y laicos, entre consagrados y laicos, tan desencaminada de la vida de Jesús y de la primera Iglesia no afecta para nada a que haya diferentes formas de vida en la Iglesia, o que haya diferentes ministerios, unos ordenados y otros no ordenados. Pero indudablemente nos obliga a una reformulación y a una renovación. Y los lenguajes no son ajenos a ella.

En segundo lugar hay algo que me preocupa. No voy a entrar para nada en las causas de por qué ahora salen a la luz esta cantidad ingente de abusos en la Iglesia. Ni siquiera voy a hacer una elucubración a modo de hipótesis. Pero sí quiero que reflexionemos sobre a quién beneficia y a quien perjudica una determinada manera de abordar este problema. Así como un viejo y grave error en la Iglesia que ha propiciado esta situación.

Voy a empezar por lo segundo. El error es la incoherencia entre una Iglesia que defiende los derechos humanos en la sociedad, pero que – como institución-  no los respeta en su interior; y hablo a nivel institucional, porque Iglesia somos todos. En el año 98 la Corriente Somos Iglesia en España celebró el 50 aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos con este lema «Por una Iglesia consecuente con la Defensa de los Derechos Humanos».

Con esto, lo que se quería decir es que una Iglesia que no respete la legítima investigación de los teólogos, que margine a las mujeres o a los casados, que someta al laicado al poder omnímodo de los clérigos, que use de la violencia del centralismo, del autoritarismo y del dogmatismo, que abuse de muchas maneras del poder, que rechace y estigmatice a las persona s homosexuales, que no se construya como comunión de comunidades diversas, que no se comprometa junto a los pobres para su liberación, etc, etc, va a perder fuerza y credibilidad  (aunque no razón) cuando se sitúe como adalid de los Derechos Humanos y como conciencia crítica de la sociedad desde la perspectiva del Evangelio.

Y hoy estamos asistiendo al doloroso espectáculo de las consecuencias de estas incoherencias. Con un agravante. Aunque la Iglesia sea una, debemos diferenciar entre sectores de Iglesia y entre esa contradicción entre Iglesia santa y  prostituta. Defender a la Iglesia no es defender la actuación de todos sus miembros ni de cualquier eclesiología. El agravante terrible es que , mientras que ciertos sectores de Iglesia, que para nada defienden los derechos humanos y que son muchas veces cómplices de fuerzas políticas y económicas que atentan contra ellos,  han usado y abusado del poder y cometido crímenes terribles o los han encubierto para salvar el poder de la institución que les sostiene, quien se está viendo más dañada en su credibilidad y en su actuación es aquel sector de Iglesia que está desempeñando un importante papel a nivel internacional en su apuesta desde la perspectiva evangélica por la Justicia, la Paz, la Dignidad de las personas y la Ecología.

Y eso es lo que resulta injusto y nefasto y donde creo que tenemos la obligación de establecer diferencias. La Iglesia no es – o no sólo es- un nido de abusadores. En parte ha resultado ser eso, pero también es algo mucho más positivo y edificante. El papa Francisco (al igual que otros cardenales u obispos)  no sólo no es cómplice de estos abusos, sino que está haciendo todo lo posible para erradicarlos;  y lo hace con una opción que viene de atrás, compartida con todos el resto de los miembros de un Pueblo de Dios, que queremos otra forma de ser y hacer Iglesia, diferente a la que venimos sufriendo a causa de una institución y unas relaciones que no terminan de sanearse. Es decir, hay un fuerte impulso dentro de la Iglesia hacia la coherencia evangélica.

Pero esto no todo el mundo lo puede ver y hay que mostrarlo. Lo que sucede es que para establecer diferencias y no «tirar al niño con el agua sucia de la bañera» no basta el lenguaje, aunque este sea muy importante. Tiene que haber también signos externos de renovación que puedan ser vistos y comprendidos por una mayoría de gente corriente, incluso por parte de personas que no pertenecen a la Iglesia.

Duele produce espanto ver cómo intereses económicos y geopolíticos , que podrían estar representados por Trump , Bolsonaro, Salvini y otros dirigentes similares,  se pueden frotar las manos con que quede debilitada y en entredicho esa Iglesia, representada actualmente a nivel mundial por Francisco. Esa Iglesia que, localmente  se alimenta de la acción y la reflexión de muchas comunidades comprometidas desde el Evangelio con la Paz, la Justicia y el cuidado de todo lo creado. Y que es precisamente la más perjudicada en su actuación por el debilitamiento global de la credibilidad de la Iglesia.

El malestar que está generando el tema de los abusos, no sólo a menores, sino contra religiosas, u otro tipo de abusos que puedan ir saliendo a la luz, puede cuajar en revueltas contra la Iglesia y contra el clero en su conjunto. Pero el que esto sea comprensible, no significa que sea deseable. Porque las revueltas, a diferencia de los movimientos, carecen de análisis y de estrategias adecuadas para el cambio. Pueden derribar el viejo orden, pero no son capaces de construir en la dirección adecuada, ni de tender puentes y crear consensos de cara al Bien Común. Están sometidas a sentimientos ciegos; dividen y fragmentan  y no establecen diferencias ni matices, pudiendo dejar el paso a otros intereses que no benefician tampoco a las víctimas. Es importante que, de cara a sanear la Iglesia, además de medidas inmediatas como expulsar a los abusadores o entregarlos a la justicia en caso de delitos, se genere a medio y largo plazo un movimiento eclesial con un buen análisis y estrategias a
decuadas.

Reflexionaba el otro día sobre una frase que -instintivamente- me produjo pena, dicha por el obispo auxiliar de Madrid, Jose Cobo, de quien  solo tengo hasta el momento, aunque personalmente apenas le conozco, referencias positivas. «Es muy triste que vayas en el metro vestido de cura y te llamen pederasta». Creo que esto es algo que es injusto y que hay que evitar. Pero no se evita sólo con explicaciones que introduzcan matices, recordando el sacrificio de tantos misioneros y de personas del clero respetuosas con la integridad de los otros y sacrificadas hasta el extremo. (Tampoco – evidentemente-  se evita con que los curas y obispos no cojan el metro).

Tal vez, a medio plazo si los ministros , varones o mujeres, de la Iglesia no se distinguieran por vestimentas asociadas  al poder y diferentes de los otros ciudadanos, si muchos de ellos vivieran de una forma más similar a las de otros miembros de las comunidades, estuvieran bien insertos en ellas y eligieran libremente su estado de vida, si hubiera un cambio radical en la formación de nuevos presbíteros y una reformulación de los seminarios, se habrían dado pasos en la dirección de una Iglesia más coherente con el evangelio y más consecuente con la defensa de los Derechos Humanos, con una reducción sustancial (no erradicación, porque es imposible) de cualquier tipo de abusos. Tal vez algunas de las medidas a medio plazo, deberían ir en esta dirección.

Cómo dice en un artículo sobre el tema Víctor Codina:

«Hemos de recordar que, en el evangelio de Mateo, poco después de los versículos antes citados, cuando Pedro reprende al Señor ante el anuncio de la pasión, Jesús le dice que se aparte de su vista y le llama Satanás y piedra de escándalo (Mateo 16,21). Pedro además también negó a Jesús en la pasión. También Pablo había sido perseguidor de la Iglesia. Esta es la Iglesia de Pedro y Pablo, una Iglesia de pecadores convertidos.

Los llamados Santos Padres, obispos lúcidos y santos de los primeros siglos, dicen que la Iglesia es «casta y prostituta». Y el gran teólogo Karl Rahner, al comentar la narración sobre la mujer adúltera a la que Jesús salva de ser apedreada (Juan 8, 1-11), afirma que esta mujer cortesana perdonada, representa a la santa Iglesia, la esposa de Jesús.
Hemos de recordar que el Señor prometió a la Iglesia la venida del Espíritu y que en Pascua y Pentecostés el Espíritu santo descendió sobre ella y nunca la abandona. Esto significa que nunca el pecado ahogará la santidad de la Iglesia, santidad mucha veces oculta del pueblo fiel, de mujeres que llevan adelante la familia, de monjas que cuidan enfermos y ancianos, de sacerdotes misioneros que gastan su vida en tierras lejanas, de hombres y mujeres entregados a los demás, de movimientos obreros o indígenas que luchan por los derechos humanos, de tantos santos «de la puerta de al lado».

Ni terrorismo mediático, ni chantaje económico o político, ni encubrimiento jerárquico, ni escándalo farisaico, ni ingenuidad. No nos sorprendamos ni rasguemos las vestiduras. Somos pecadores, miembros de una Iglesia pecadora y santa a la vez, necesitamos pedir perdón a Dios y a las víctimas, necesitamos urgente conversión y acogernos a la misericordia del Señor: hemos de escuchar a las víctimas y desde su clamor reformar las estructuras eclesiales. Este puede ser un momento clave para una reforma eclesial a fondo.»

Víctor Codina

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