Un éxodo interminable de temores y esperanzas

A primera hora del viernes pasado, 9 de noviembre, partió de la Ciudad de México un contingente de la Caravana Migrante, para continuar en miles su caminar hacia el norte del continente, en busca de una vida mejor (o al menos de sobrevivir a la barbarie instalada en sus casas, sus patrias, sus cuerpos). Tras unos días de descanso y solidaridad en la capital del país, su éxodo continúa en medio del temor y la esperanza. Otros miles aún permanecen en Ciudad Deportiva y se espera que, en oleadas humanas, sigan llegando y saliendo los próximos días.
Son un mar de historias de dolor y fortaleza. Ejemplo involuntario de resistencia a la ignominia, el odio y la indiferencia; oportunidad para que la solidaridad vuelva a florecer entre las y los pobres, los nadie, los que padecen aquí en esta tierra los mismos males del capital neoliberal, las que padecen en estas tierras la violencia en sus cuerpos.
Mientras tanto, también en México se sube a la palestra una derecha indolente, representada en la marcha de las élites que éste domingo mancilló la ruta de la indignación (del Ángel de la Independencia al Zócalo capitalino) para demandar la permanencia del estado neoliberal; durante treinta años han permanecido en silencio frente al saqueo irrestricto e inmoral de nuestra tierra y nuestros más nobles valores éticos y políticos… ahora entran en pánico a la menor muestra de ejercicio soberano frente a los megaproyectos, como fue la consulta y consecuente cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM), socavado de raíz por la corrupción.
A esta élite le importan más 45 centavos de fluctuación en los mercados, que la dignidad y la soberanía nacional; de paso, aprovechan la ocasión para mostrar su odio hacia la caravana migrante y hacia las clases empobrecidas.
Parece que este odio y la polarización serán la tónica de los meses por venir (a pesar de que, en sentido estricto, aún no entra en funciones el nuevo poder ejecutivo). Sabemos de antemano que toda transición es difícil; más aún una que se aleje del modelo de mercado que impera. Al final, tenemos la certeza que la voluntad ciudadana y popular expresada en las urnas el 1 de julio, saldrá victoriosa. Los temores se disiparán. Los odios volverán a la oscura intimidad. Y la solidaridad triunfará.
© Observatorio Eclesial

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