El horror que ahoga el grito. Aproximaciones a la Violencia en México

Por: Víctor Eduardo Sánchez Luque[1]

“Asombraremos a los siglos venideros por los horrores que entre nosotros fueron cometidos; los asombraremos también por nuestras virtudes. Lo que será eternamente incomprensible, para aquellos que no hayan observado el espíritu humano, es el contraste inaudito entre nuestros principios y nuestras locuras. Con menos virtudes y mejor lógica, habríamos evitado casi todos los crímenes y todos los desastres. Fue casi siempre lo absurdo lo que nos llevó a lo horrible“.

Dominique Joseph Garat,
ministro de justicia francés 1792- 1793

ayotzi2No-nombre, más de 35 mil restos humanos no han podido ser identificados desde el inicio de la llamada guerra contra el crimen organizado, 24 mil sólo en el sexenio de Felipe Calderón[2]. La PGR dio a conocer que desde diciembre de 2006 al mes de octubre de 2015 se han localizado 201 fosas clandestinas en 16 estados de la república, tan solo 63 de ellas en la región de Iguala Guerrero tras la búsqueda de los estudiantes de la escuela Normal de Ayotzinapa[3]. Se entierran obreros, migrantes, agricultores, vecinos, militares, políticos, trabajadoras de maquilas, periodistas, narcomenudistas, periodistas, policías, estudiantes, levantados saliendo de trabajar, yendo al bar; por salir a la tienda, por buscar mejores condiciones de vida en Estados Unidos, tragados por la oscuridad de las carreteras; germinan cuerpos descompuestos, golpeados, ultrajados, germinan restos mutilados, miembros desgarrados de su unicidad. Desechos masa en una fosa clandestina, de tambos donde son disueltos, tirados en terrenos baldíos en las orillas de las ciudades, terminan en una fosa común en algún cementerio anónimo. La etiqueta NN implica un grado de violencia que no sólo se ensaña con el cuerpo, sino que ataca las condiciones vitales de nuestro habitar en sociedad, del espacio público, el desaparecido flota sobre las letras NN, sin posibilidad de duelo al ser condenado a un espacio donde está y no está al mismo tiempo.

Ninguna narración parece dar sentido a nuestra realidad (¿Qué tan nuestra es?) en un contexto dentro del cual hay entre 101 969 y 148, 400 muertos[4] por una estrategia de seguridad desplegada hace ya 10 años, nuestros conceptos, nombres, expresiones artísticas, estadísticas y hasta nuestras resistencias parecen no bastar ante la violencia extrema que acarreamos desde hace ya una década. ¿Dónde escribimos 148 mil 400 nombres y no-nombres? Incluso si nos vamos con el número oficial 101 mil 969 muertos ya es excesivo; una idea de este plus de significación, o de vacío, ante la fenomenología del horror en el que el país está sumergido se puede escenificar en el llamado Memorial de las Victimas de la Violencia en México: un pequeño parque en la Ciudad de México conformado por torres de acero marrón en donde están inscritas algunas citas relacionadas a la paz, a la memoria y al perdón. Benedetti, Juan Gelman, Rosario Castellanos conviven junto con Rusell, Luther King y Gandhi; frases que parecen triviales ante los encabezados de los periódicos que hablan de personas decapitadas; citas que parecen incluso exigirnos dar el perdón cristiano: “El que es incapaz de perdonar es incapaz de amar” y “La justicia puede consolar el alma, pero el perdón engrandece el espíritu y trae la verdadera paz” que ante un acontecimiento que aún se encuentra en desarrollo, donde la impunidad y la negligencia han impedido la prosecución de justicia suenan como aquel cínico “ya supérenlo”, “hay que seguir adelante”. Monolitos abstractos que se quiebran ante la intervención de algún anónimo que bajo la cita de García Márquez se ha atrevido a escribir con gis “Quisiera haberme despedido de ti, papá”; escritura del desastre condenada a perder su materialidad en contraposición con la cita perforada en el acero del nobel latinoamericano.

Tuvieron que pasar dos años desde su inauguración en abril de 2013 para que el memorial especificara de alguna manera a quienes se refería al hablar de “las víctimas de la delincuencia”. El 16 de mayo de 2015 integrantes de la ONG Comité 68 colocaron varias mantas sobre las torres designando distintos acontecimientos desde la masacre de Acteal, Madera, los feminicidios en Juárez, la guardería ABC, Ayotzinapa, así como listas con los nombres de los asesinados. Mantas que han sido desgarradas por la lluvia y el tiempo, incluso algunas ya totalmente destruidas como si los eventos a los que hacían referencia las hubieran sobrepasado.

Nuda negatividad con la que nos enfrentamos al hablar de la violencia, ¿qué hacer cuando nuestras palabras parecen languidecer ante la fuerza del fenómeno del que tratamos de hablar? Pareciese que al abstraer la idea de violencia, ésta se diluye no haciéndole justicia a sus consecuencias materiales, la larga historia de sufrimiento y horror que se relaciona con esta idea. De aquí la necesidad de una fenomenología de la violencia. El siguiente trabajo trata de aproximarse a algunas características de la violencia en México a partir de la constelación conceptual elaborada por la filósofa italiana Adriana Cavarero, que en su intento de nombrar la violencia contemporánea esgrime un cambio de perspectiva que abandona el espacio privilegiado del guerrero para ocuparse de la víctima. En un primer momento enfatizaremos la importancia de este giro argumentativo en relación con algunas ideas sobre el tratamiento de la violencia y las maneras en que se construye un marco interpretativo del conflicto. Seguido analizaremos el papel de la víctima dentro de la construcción del discurso y de la representación social y política de la violencia, para finalmente debatir la constelación conceptual del horrorismo frente a la fenomenología de la violencia en México, encontrando afinidades y diferencias con el trato de Cavarero para descubrir qué nos puede decir su propuesta de esta “guerra” que nos ha tocado vivir.

“El grito extremo permanece mudo”

Ante la mirada de Medusa quedamos petrificados, el acontecimiento es tan horroroso que nos inmoviliza por completo, la cabeza de la Gorgona nos muestra una escena de violencia que nos neutraliza. Basta con ver los noticieros cuando desde el lugar de los hechos tratan de entrevistar o filmar a una víctima de algún altercado terrorista: miradas distantes como si no supieran qué ha pasado, perdidas en el tiempo tratando de recomponer el aquí y ahora, entumidos y generalmente mudos. Hay un grado de inconmensurabilidad en las experiencias extremas de violencia, una falta de adecuación de lo que ha sucedido (o se encuentra sucediendo) con nuestro pensamiento a pesar de la larga historia de destrucción, podemos conocer el contexto en que surge, saber los elementos que se concretaron para que fuera posible tal hecho, pero parece ser que no alcanzamos a comprender del todo. Cavarero enfatiza este punto desde que subtitula a su obra Nombrando la violencia contemporánea, arriesgando una constelación conceptual que invoque distintos significados al hacer una dislocación entre el acontecimiento y las categorías: “Hay un aspecto por el que, después del evento, el vacío es también un vacío en sentido respecto al alcance de las categorías tradicionales de la política que aquí, como en casos análogos, son rápidamente invocados para catalogarlo”[5]

Vacío de sentido que exige ser restituido en su falta, ya que la sensación de desasosiego y de impotencia que produce, amenaza con convertirse en ese horror hacia lo desconocido, en acercarse a ese miedo mítico dado que el fenómeno se escapa lo mismo a las narrativas de significación habituales, resistencia que al pasmar y enmudecernos nos arroja a las desesperadas metáforas de las que habla Rafael Lemus en torno a los intentos de comprender la dimensión de lo ocurrido: “Que si se dispusieran los cadáveres en línea recta se uniría el zócalo de la ciudad de México con la ciudad de Toluca. Que si se guardara un minuto de silencio por cada muerto habría que callar durante veintisiete días. Que si se apilaran los cuerpos frente al Ángel de la Independencia, que si se enviaran cuarenta mil sobres a Los Pinos, que si etcétera”.[6] Metáforas que tratan de escapar al talante abstracto de las aproximaciones a la violencia al esbozar imágenes “materializadas”, encarnadas en los miles de cadáveres que ha gestado esta guerra, un vacío de sentido que al parecer sobrepasa nuestras teorizaciones.

Estas categorías tradicionales implican a la violencia como un medio instrumental para la realización de un fin; generalmente analizada en términos jurídicos una acción es considerada dentro del ámbito de la violencia cuando es designada como ilegal, prohibida por la ley, la violencia es una cuestión del monopolio legítimo de la fuerza como menciona Weber siguiendo los rastros de Hobbes y Locke. Es así que el marco referencial es el que designa el acontecimiento de la violencia como menciona Zizek: “Cuando percibimos algo como un acto de violencia, lo medimos por un principio básico acerca de lo que es una situación <normal> no violenta, y la más alta forma de violencia es la imposición de este principio con referencia al cual algunos acontecimientos se muestran como violentadas”[7]

El principio referencial para Zizek siempre tendrá un carácter ideológico, al usar el término de violencia como un vocablo descalificativo dadas las condiciones sociales en contra de la violencia como un medio honorable y legitimo; de ahí el movimiento del uso del término revolución por el más neutro de emancipación. En este mismo sentido instrumental Walter Benjamin adscribe su crítica de la violencia, entre la que establece y conserva el derecho, así como la violencia que apunta a la destrucción del derecho como tal, que si bien en un momento la violencia divina parece salir del esquema medios/fines, al presentarse como un instante de la violencia revolucionaria que siempre está por venir, como promesa, ésta recae en la instrumentalización al dirigirse como destructora del marco referencial del derecho como un todo.

La propia Hannah Arendt enfatiza en este punto al definir la violencia dentro de la esfera de los medios, al ser meramente instrumental. Ya que la violencia no puede generar poder, su estrategia va encaminada a neutralizar la idea común en esas épocas en que la violencia era una estrategia legítima y adecuada para que los distintos movimientos sociales tomaran el poder (recordando su texto como una respuesta al Sartre del prefacio de Los condenados de la tierra de Fanon).

Cavarero se aleja de estas consideraciones al enfocarse en un punto que las teorizaciones anteriores dejan de lado ¿Qué ocurre con las víctimas de la violencia? Es en éstas donde la violencia se presenta como la experiencia de la negatividad que revela la inadecuación de nuestras categorías ¿Qué son los marcos legal-ilegal, autorizada-transgresiva, estatal-revolucionaria frente al sufrimiento que la violencia produce? Antes que una estrategia política, la violencia es un daño en contra de cuerpos singulares y Cavarero especifica que hay daños que se ensañan en contra de la propia dignidad ontológica de los sujetos, sobrepasando por mucho, incluso de manera horrorosa, las críticas en sentido de los medios y los fines. La filósofa italiana es muy cuidadosa al presentar la constelación conceptual que utiliza para acercarse a la violencia contemporánea dado que los mismos conceptos suelen traer consigo mismos ciertos supuestos que se introducen de forma inadvertida en la descripción y análisis del fenómeno: “Los procesos de nominación que suministran los marcos interpretativos de los acontecimientos y orientan la opinión […] son parte integrante del conflicto”[8]. Contingencia, inerme, horror, singularidad, dignidad ontológica, vulnerabilidad, son entre otros conceptos que integran la perspectiva de la víctima, del sufriente, buscando escapar de un discurso que justifique o reclame cierta postura política.

Incluso podemos decir que estos procedimientos de nominaciones muchas ocasiones funcionan para entorpecer o inclinar la interpretación del fenómeno. Fernando Escalante Gonzalbo menciona que entre la prensa nacional y el gobierno se ha construido, en relación a la guerra contra el crimen organizado, una suerte de conocimiento estándar, un vocabulario que explica en pocos trazos lo sucedido; por ejemplo, la propia significación de crimen organizado que tajantemente engloba dentro de sí a narcomenudistas, líderes de organizaciones, secuestradores, contrabandistas de piratería, trata de personas, extorsionadores etc., el culpable es una abstracción tan simple como si se usara el término de “los malos”. Como advierte Escalante:

Sistemáticamente, la violencia se explica mediante un relato casi abstracto, estereotipado, reiterativo e imposible de verificar, en que los cárteles compiten entre sí, y son en realidad los únicos actores, en todo caso son los únicos actores con iniciativa; y por otra parte, las victimas permanecen anónimas, aunque más o menos explícitamente asociadas a la delincuencia[9]

Los casos de los cadáveres encontrados en Boca del Rio, Veracruz, los estudiantes del Tecnológico de Monterrey asesinados, entre muchos otros, nos muestran fenómenos que escapan a este conocimiento estándar, y no sólo por adecuación, sino que tal modelo interpretativo criminaliza a las víctimas, ya que de acuerdo a la información compartida por la SEDENA estas muertes no merecen ser lloradas al pertenecer a miembros del crimen organizado. De igual forma, la separación de los actores en: gobierno, criminales y civiles tiende a simplificar y negar las conexiones intrínsecas entre estas tres esferas. campesinos en pobreza extrema que plantan amapola en Tierra Caliente Guerrero son equiparados con la imagen de un sicario con alto nivel de acceso económico; así como estos son negados por la sociedad, como si fueran monstruos venidos de la oscuridad sin ninguna relación con nosotros, o con el propio sistema democrático.

Una aproximación que se adentra directamente a la cuestión de la violencia en México es la propuesta de la filósofa tijuanense Sayak Valencia, que a partir de los conceptos de la teoría queer esboza un vocabulario dirigido en específico a estos fenómenos. La forma que adquiere este marco interpretativo es una extraña intersección entre la perspectiva del guerrero y el de la víctima, nombrando al sistema estructural que interviene en la economía, en lo político y lo social como Capitalismo Gore:

Derramamiento de sangre explicito e injustificado (como precio a pagar por el Tercer Mundo que se aferra a seguir las lógicas del capitalismo cada vez más exigentes), el altísimo porcentaje de viseras y desmembramientos, frecuentemente mezcladas con el crimen organizado, el género y los usos predatorios del cuerpo, todo esto por la violencia más explícita como herramienta de necro empoderamiento[10]

La violencia se inscribe en la geopolítica de la vulnerabilidad: por un lado, esta sociedad tercermundista donde cierto porcentaje de la población se encuentra en niveles de precarización alarmantes y cuyo único acceso al ideal social es el narcotráfico como vehículo de movilidad social, ante lo cual no dudan en explotar la vulnerabilidad de otros para lograrlo; y por otro lado, los sujetos cuya vulnerabilidad es explotada como forma de autoafirmación y empoderamiento del otro, como un simple cuerpo dispuesto a ser violentado en búsqueda de una ganancia. La especificidad del Capitalismo Gore está en esbozar una teoría de la constitución del sujeto violento dentro del contexto mexicano, analizando el espacio cultural que erige como una forma válida de ser y de relacionarse con los otros a partir de la violencia como medio de servirse del otro, análisis que de manera deliberada entra en la lógica instrumental y en la perspectiva del guerrero; si bien alejado de una vana criminalización y el moralismo simplista que tiende a borrar la biografía de los cuerpos que escupe esta vorágine.

El revés del mundo, la mirada de las victimas

Durante la Edad Media cuando un judío era encontrado culpable de un crimen que mereciera la pena de muerte usualmente era colgado cabeza abajo para simbolizar su pertenencia a la religión invertida. Tomando esta imagen, Theodor Adorno habla de la necesidad de apropiarse de esta perspectiva[11], tal como la tierra se les presentaba a las víctimas se podía acercarse a la historia de los vencidos, a cierta verdad del sistema social, sumados a las ruinas y a los restos, son estos “desechos fenomenológicos” los que revelan la experiencia de la negatividad que yace en el intento de adecuar el mundo a una idea absoluta y la violencia fruto de esta inadecuación. El propio Benjamin, ya bajo la estela del nazismo, hablará de la necesidad de cepillar la historia a contrapelo con el objetivo de rescatar la tradición de los oprimidos, en contraposición con la historia de los vencedores que anuncia una línea de carácter progresista[12]

Si bien el cambio de perspectiva tiene que realizarse con cuidado, la “identificación” con la víctima no debe entenderse por medio del recurso a la empatía, ya que dicha apropiación de un sufrimiento ajeno tiene el peligro de realizarse de manera hipócrita y banal; que podamos “sentir” el dolor ajeno como propio es más un recurso poético que conlleva a una falsa mediación del sufrimiento, y que corresponde finalmente a una distribución arbitraria de los marcos de familiaridad con los cuales nos podemos sentir identificados, lo que abre la cuestión de que bajo ese criterio existen vidas dañadas que no al no sernos “familiares” no son dignas de ser lloradas. Cavarero advierte que: “Identificarse con las victimas es sobre todo un disponer de su palabra para cubrir el silencio sin olvidar el alarido”. [13] Darle la palabra a las víctimas no es sólo leer sus testimonios, sino observar la violencia ejercida sobre éstas y desde ese punto conceptualizar las formas y consecuencias que adquiere. Para Cavarero, antes que la legitimidad, la instrumentalización y la justificación, aparece el horror, el daño sufrido por los sujetos particulares, las marcas de la violencia sobre sus cuerpos o sobre lo que quedó de ellos.

La perspectiva del guerrero proviene principalmente de las construcciones teóricas de la guerra, de Clausewitz a la jus belli; el conflicto bélico se ha construido como el enfrentamiento entre dos fuerzas beligerantes, como un duelo en donde rigen determinadas reglas. La filósofa italiana enfatiza que, antes que anda, hay una relación de reciprocidad entre combatientes pensándolos como: “Un cuerpo abierto a la herida del otro”.[14] Este principio fundamental designa a la muerte de civiles como daños colaterales, excepciones que se dan por accidente al no ser los objetivos principales de la acción sino mera contingencia, mala suerte. El problema es que la guerra desde inicios del siglo XX no ha respetado tal principio, Cavarero retoma la figura del partisano de Schmitt para decir que tal modelo bélico que se entiende como un duelo a gran escala ha sido alterado desde que una parte de los participantes se ha constituido como insurrectos no reconocidos. Siendo alterados los modelos interestatales de la guerra, así como también los avances tecnológicos en armas, se ha dejado de lado el carácter de la intervención de tropas militares directas, la guerra se expande para cubrir todo el espacio como zona de intervención. Las bombas de dispersión como el napalm y las bombas nucleares borran, literalmente, la idea de que las víctimas son daños colaterales pues debido a su extremo margen de acción, es difícil determinar sus alcances: “El porcentaje de los civiles muertos alcanza un 50% en el curso de la Segunda Guerra Mundial, pero superará el 90% en el último decenios del siglo”[15]. Cuando semejante número de civiles es atacado en batalla, es una burla terrible el decir que sólo fue un accidente, la excepción ya ni siquiera es sólo la regla, sino el propio objetivo en sí. La deriva horrorista implica desde el hongo atómico hasta el exceso de la fuerza letal.

Estas formas de violencia adquieren un sentido siniestro que ha sido revelado por el uso político del “Todos”: Todos somos París, todos somos Ayotzinapa, todos íbamos en ese tren… Más allá de la simpatía que revela el uso de esta expresión por las víctimas, podemos reconocer que el talante de esta forma de violencia tiene como característica que a cualquiera de nosotros nos pudo haber pasado, esta clase de violencia apunta hacia todos porque no apuntaba hacia nadie en particular. La dirección del daño es contingente, así como un atentado terrorista apunta hacia un lugar, ciertas prácticas del narcotráfico se le asemejan: se “levanta” a aquel que iba pasando, se escoge a ciertos pasajeros en el autobús por la mera complexión física o la edad…, lugar equivocado a la hora equivocada, no hay características propias del sujeto que expliquen el porqué. La superficialidad de los hombres que Arendt atribuía a los regímenes totalitarios es para Cavarero un signo indiscutible de la violencia actual: “La degradación de criaturas humanas singulares en seres casuales-casualmente golpea y por ello puede sustituir a cualquier otro o bien a todos- es, en realidad, a estas alturas una característica decisiva de la forma actual de la destrucción humana”[16]. La particularidad de esta forma de violencia es justamente que no sólo mata, sino que lleva el sufrimiento y el daño más allá, al ensañarse con la dignidad ontológica que Cavarero asimila con la unicidad de los sujetos. Lejos de una vendetta, de un agravio personal, o incluso del odio, se elimina a los seres humanos como meros ejemplares, desechos masa que terminan en fosas clandestinas.

Esta conceptualización de la violencia destaca el papel relacional existente del sujeto con su ambiente, lejano al estereotipo individualista refiere al conjunto de estructuras y hechos socioculturales de las relaciones humanas a partir de la apertura inherente al otro; retomando para ésta el concepto de vulnerabilidad de Butler: “Entendida en términos físicos y corpóreos, configura una condición humana donde lo que cuenta es la relación con el otro, es decir, deja pasar a un primer plano una ontología del vínculo, de la dependencia”[17]. Abierto entre la herida y la cura, el otro expone y explota la herida pero en un sentido contingente, como si el daño hubiera   quebrado por completo el vínculo de forma casual, contingencia que en su horror sobrepasa la condición humana, eliminándola por completo e incluso instrumentalizándola bajo la idea de lo inerme. La figura del infante como un sujeto que carece de la posibilidad de defenderse y que está completamente a merced de los cuidados, del otro, es extrapolada a las formas contemporáneas de la violencia: “El inerme, objeto de la destrucción inminente que lo amenaza en cualquier parte y en cualquier caso, se convierte en la figura de la vulnerabilidad cuanto más es el caso de hacer de él una víctima ejemplar.”[18]

Ejemplaridad que se encarna en los casos ya citados de los no-nombre, singularidades borradas ya sea por las condiciones de los restos (meses de descomposición, desmembramiento) o incluso por la manipulación y por la ineficiencia de las autoridades. El 6 de junio de 2010, 55 restos humanos fueron encontrados en un pozo de 150 metros de profundidad dentro de la mina La Concha en Taxco, Guerrero. Entre las altas temperaturas y el agua, las condiciones en que fueron recuperados los restos prácticamente impidió su reconocimiento; restos humanos a los que les fue negada su biografía, un nombre e incluso sus propios familiares que no saben nada de ellos. A cuatro años de que Felipe Calderón inaugurara su guerra contra el crimen organizado, era ya conocido, dado el número de muertos y desaparecidos en el país, que la violencia ya no se daba solamente entre aquellos que tenían algo que pagar, sino que el abanico de posibilidades estaba tan abierto que cualquiera podía ser víctima.

Otra manera en que se arrebata la singularidad a las víctimas es a través de la narrativa oficial de los acontecimientos, sobrepasados por la violencia y temiendo la descalificación de su estrategia, todos los muertos no reconocidos como policías o militares pertenecen a los filas de los criminales. El sábado 20 de marzo de 2010 la ciudad de Monterrey despertó con la noticia de que había sucedido una balacera entre narcotraficantes y militares en donde murieron seis sicarios (ningún medio incluía los nombres de estos), la nota roja sólo sobresalía del resto al mencionar que dos de éstos trataron de refugiarse en las instalaciones del Tecnológico de Monterey donde fueron abatidos. 36 horas después, el rector del ITESM Rafael Rangel Sastmann informaba a la sociedad que dos estudiantes de su institución habían sido identificados por sus familiares en la SEMEFO. Tras varias contradicciones por parte de las autoridades en sus comunicados al respecto, la evidencia que se encontró en relación a que los militares modificaron la escena del crimen al colocar armas de fuego en los cadáveres y casquillos, se determinó que los ex-sicarios, ahora estudiantes con nombre y apellido, habían muerto fruto del fuego cruzado. El propio rector ante la situación no dudó en acusar al gobierno federal por esta forma de instrumentalizar a las víctimas: “¿Cómo explicar el caso de los estudiantes a los que les quitaron su identidad, los quisieron esconder, los llamaron sicarios, les endilgaron portación de armas y ahora nadie es responsable?”[19] Hemos usado este hecho como ejemplo, dada la cantidad de información al respecto que existe, pero muchas víctimas más obedecen a este patrón en donde una persona que probablemente murió al negarse a pagar derechos de piso, al negarse a participar dentro del cártel o que simplemente trató de resistir su secuestro, no nada más fue asesinado, sino que también es convertido en criminal por la narrativa oficial, un ejemplar, un hombre superfluo. La lógica del guerrero sobrepasa la estrategia del daño colateral y sólo alcanza a los “criminales”, la victoria para el Estado es la muerte de los miembros del crimen organizado, que dada su capacidad de borrar la singularidad puede ser cualquiera de nosotros; desde la perspectiva de la víctima, el ultraje sobrepasa a la mera muerte, dadas las torturas a las que son sometidos y las formas de la violencia: Javier Francisco Arredondo Verdugo, uno de los estudiantes muertos terminó con las piernas amputadas por la explosión de una granada.

“Tan mutilado que pudiera ser el cuerpo de un cerdo”

La larga historia de lo que el hombre hace al hombre está llena de escenas e imágenes de cruentas carnicerías: desde la visión del campo de batalla tras finalizada ésta, el uso del cuerpo del enemigo como medio para expresar un mensaje y los saqueos por el botín de guerra; es difícil imaginar una violencia que ya no se haya presentado antes, si bien el número de muertos que puede provocar el día de hoy una bomba, sobrepasa por mucho el número de bajas de una campaña militar de antaño. Cavarero advierte que el sentido actual de la violencia supera la abominación de quien la ejerce, es decir, la fenomenología del horror no se basta con la muerte, sino que busca (y abusa) de la instrumentalización predatoria de la vulnerabilidad, como un más allá al que apunta el crimen.

La unicidad de nuestra persona está representada materialmente por nuestro cuerpo, la singularidad de éste es la que refleja nuestro horror por su desmembramiento y mutilación, al estar abiertos al otro, la violencia se ensaña contra nuestra vulnerabilidad, la herida está abierta hasta el punto del desgarre, un cuerpo desfigurado pierde su singularidad al ser trasformado en un resto, en un desecho que bien podría ser cualquier otro material orgánico, quizás un cerdo como lo recuerda la frase de Virginia Woolf citada. La visión que tenemos hacia la carne remite directamente hacia un animal, a pesar del constante bombardeo de imágenes gore y de nota roja, un cúmulo de carne tiene más relación con un empaque que compramos en el mercado que con una persona; de aquí que Cavarero sirviéndose del mito y simbolismo de la medusa traduzca el horror que nos causa su cabeza decapitada, no a la imagen de un terrible monstruo o una figura diabólica, sino a nosotros mismos: “Medusa alude a un humano que, en cuanto desfigurado en su mismo ser, contempla el acto inaudito de su deshumanización”[20]. El tratamiento del cadáver es lo horripilante de la escena, despojado de todo rasgo que le pueda humanizar este resto, es tratado como meras sobras, como un simple desecho. ¿Cuántas fosas y restos no se han encontrado en basureros y tiraderos públicos?

Dentro del incremento de la violencia a partir de 2008, en el contexto de la guerra contra el crimen organizado, hemos sido testigos de cabezas decapitadas lanzadas dentro de salones de fiesta (Apatzingán, Michoacán 18/02/2014), cadáveres mutilados con cabezas de cerdo (Mazatlán, Sinaloa 31/08/2009), cadáveres colgados de puentes peatonales sosteniendo narco mantas (Ciudad de México 19/10/2015)[21]. La galería de horrores puede seguir hasta la disolución de aproximadamente 300 cuerpos dentro de tambos con sosa cáustica y ácidos, cuerpos “pozoleados” por Santiago Meza López durante el año de 2008. Dado que todas estas muertes sobrepasan la violencia ejercida “legítimamente” de la guerra, las victimas se han convertido en ejemplares cuya vinculación con el otro ha sido explotada de manera explícita.

Es así que la tortura sea una forma más cotidiana del horrorismo mexicano: “Pertenece al tipo de circunstancias donde la coincidencia entre el vulnerable y el inerme es el resultado de una serie de actos, intenciones, y programas, que buscan su realización”[22] . La víctima se encuentra a merced total del verdugo, generalmente la tortura se piensa como un instrumento que tiene como objetivo obtener determinada información, pero en el caso mexicano (al menos así parece ser) la tortura es el fin en sí mismo, una demostración de poder que se tiene sobre la vulnerabilidad del otro, una crueldad desmesurada que muestra ese más allá del límite, que en el caso mexicano se encuentra trágicamente en el caso de los feminicidios de Ciudad Juárez. El periodista Sergio Gonzales Rodríguez ha documentado a lo largo de quince años los más de 700 casos de muertes, que como explica: “Las víctimas de homicidios de extrema violencia en Ciudad Juárez padecen crímenes contra la humanidad. Además del racismo, la prepotencia social y el odio de género contra muchas de las asesinadas, sufrieron también violación, un delito equiparable a la tortura de acuerdo con el estatuto de la Corte Penal Internacional”[23]. La violación se alterna con la tortura: más del 70% de los cuerpos encontrados presentan heridas punzantes (entre 15 y 30), golpes contundentes en todo el cuerpo, signos de amordazamiento en las extremidades y han sido estranguladas. Más de 700 mujeres cuyos últimos momentos de vida consistió en la explotación unilateral de su vulnerabilidad. La saña contra el cuerpo de la mujer reafirma la necesidad de la perspectiva de la víctima, ya que en la mayoría de los casos es ajena a la guerra contra el crimen organizado, (y su manipulación política) ésta revela que el sufriente excede los marcos interpretativos del guerrero.

Un rasgo particular de este conflicto es el extraño amalgama en las distintas fuerzas federales involucradas en labor de seguridad pública: el ejército, la marina, la policía federal hablan de la militarización de la estructura policiaca del país, introduciéndose así la lógica del guerrero a una cuestión que remite más a los aparatos judiciales y al rompimiento de la ley. Un criminal, un delincuente pasa inadvertidamente a configurarse como una fuerza beligerante, como si fuera parte del ejercito rival. Lo anterior, produce una forma de la violencia que podríamos acercar al horrorismo: El exceso de la fuerza letal está en términos generales es una proporción existente entre dos relaciones: el número de civiles muertos en contraposición con elementos de la fuerza estatal fallecidos, y por otro lado el número de muertos en relación con el número de heridos. A mediados de 2015 un equipo de investigadores del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM publicó un estudio titulado: Índice de letalidad 2008-2014: Disminuyen los enfrentamientos, misma letalidad, aumenta la opacidad, en donde se muestra que:

Otros datos coinciden en que, en contextos de guerra, el número de muertos no supera al número de heridos. […] Los datos analizados para las fuerzas federales mexicanas muestran índices de letalidad sumamente altos. A partir de los datos oficiales calculamos que para todo el periodo 2007-2014 la Policía Federal Tiene un saldo de enfrentamientos de 4.8 civiles muertos por cada civil herido, mientras que en el ejército llega a 7.9[24]

El 16 de mayo del año en curso, el New York Times[25] publicó una nota que confirma esta tendencia, la proporción existente entre oficiales y criminales muertos no se debe a una diferencia de entrenamiento o a un mayor rendimiento, sino al uso excesivo de la fuerza letal, incluso en forma de ejecuciones sumarias. Los hechos ocurridos el 30 de junio del 2014 en Tlatlaya, Estado de México, donde 22 delincuentes (posteriormente identificados como una banda de secuestradores) habían sido abatidos con un saldo blanco por parte de los militares, mostraba de nueva cuenta una manipulación de la escena del crimen, faltas al protocolo militar y evidencias de que tras unos minutos de repeler el fuego los criminales se rindieron, sólo para ser ejecutados a quemarropa por el ejército. Un año después, el 22 de mayo de 2015, más de 100 efectivos del ejército nacional y de la policía federal fueron escoltados por un helicóptero artillado Black Hawk para entrar al rancho El Sol ubicado en Tanhuato de Guerrero, Michoacán, donde fueron abatidos 42 criminales con un saldo de un policía federal muerto; cabe destacar que no hubo ningún criminal herido. Si bien el enfrentamiento entre dos grupos armados puede entrar dentro de la definición básica de guerra, el hecho de las ejecuciones sumarias muestra, de nueva cuenta, ese más allá de la muerte; sujetos que se han rendido ante las autoridades son finiquitados “basureados” como cualquier cosa. Asumiendo que vivimos en un Estado de Derecho, dicha ejecución resalta el papel de la violencia ejercida en el país, en donde la muerte se presenta como un tiro disparado en legítima defensa y ejecución de sus funciones ante una persona desarmada y sometida previamente. La fuerza letal aplicada en este contexto nos muestra una maquina militar que utiliza la misma estrategia y códigos utilizados por los criminales: entre más muertos, mejor.

“Asombraremos a los siglos venideros por los horrores que entre nosotros fueron cometidos”

Cavarero apunta a la condición de vulnerabilidad de la víctima como el espacio crítico de la reflexión sobre la violencia, este cambio de perspectiva, aplicado a algunas casos de la susodicha guerra contra el crimen organizado, nos muestra el aspecto horroroso que no puede ser ocultado ni por la narrativa oficial del gobierno que se mueve en el viejo maniqueísmo de buenos contra malos bajo la figura de los militares y los narcotraficantes; ni tampoco por las justificaciones “justicieras” de los cárteles de la droga, ya sea como promotor de un estado de bienestar no provisto por el Estado (como se le adjudica al cartel de Sinaloa) o una suerte de paramilitarismo defensor (al estilo del cártel de Los Templarios). También nos advierte de la criminalización de la víctima, ya que el propio contexto de vulnerabilidad es el que nos habla de la forma de la violencia ejercida en su contra, es decir, un muerto nunca se podrá defender contra las acusaciones que se hagan de él, menos si este permanece como un no-nombre.

Una crítica que podría esbozarse, se refiere a la posibilidad de dejar fuera la perspectiva del guerrero, que es la que introduce el porqué del fenómeno de la violencia, pues lo que se hace es una neutralización de la cuestión política. No es lo mismo una víctima de una bomba lanzada contra la franja de Gaza, que una víctima de un atentado terrorista en Tel Aviv. No es lo mismo un narcomenudista muerto en una ejecución sumaria, que un estudiante muerto en otra ejecución sumaria. La perspectiva de la víctima no iguala las condiciones particulares de cada fenómeno, salvo en un detalle siniestro; de hecho se trata justamente de enfocarse en sus determinadas particularidades; el único detalle que comparten es la negatividad absoluta de la muerte, ya que ¿Qué importancia tendrá para la víctima, si es catalogada como daño colateral o como miembro del enemigo? Ninguna, por el simple hecho de que ya está muerta, su vida fue truncada de una manera que no debió de haber sido, la importancia se dirige hacia nosotros, como una forma de responsabilidad ante el fenómeno del horrorismo que se cierne sobre nosotros, y que finalmente clama justicia.

BIBLIOGRAFÍA

Adorno, Theodor.( 2008) Critica de la cultura y sociedad. Akal. España.

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NOTAS

[1] Licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma del Estado de México con estudios de maestría por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

[2]Michel, Víctor Hugo (05/11/2012) A la fosa común, 24 mil muertos en este sexenio. Nuestraaparenterendicion. http://nuestraaparenterendicion.com/index.php/red-de-periodistas-de-a-pie/item/1501-a-la-fosa-com%C3%BAn-24-mil-muertos-en-este-sexenio. Fecha de acceso 2 de junio de 2016.

[3] Robles, Rosa Leticia (05/02/2016) Reporta la PGR 662 cuerpos en 201 fosas; identificadas, el 18% de las víctimas. Excélsior http://www.excelsior.com.mx/nacional/2016/02/05/1073237. Fecha de acceso 2 de junio de 2016

[4] Para lo que va del sexenio de Peña Nieto: Bello, Adela y Castro, Rosario (26/02/2016) Sexenio de muertos: van 65 mil 209. Zeta http://zetatijuana.com/2016/01/26/sexenio-de-muertos-van-65-mil-209/. Fecha de acceso: 3 de junio 2016. Para el sexenio de Calderón: Reportaje Zeta (23/11/2012) El Presidente de las 83 mil ejecuciones. Zeta. http://zetatijuana.com/2012/11/23/el-presidente-de-las-83-mil-ejecuciones/. Fecha de acceso: 3 de junio de2016

[5] Cavarero, Adriana. Horrorismo. Nombrando la violencia contemporánea. Anthropos. México 2009. pp. 9-10

[6] Lemus, Rafael. (06/2011) Políticas del Duelo .Letras Libres. http://www.letraslibres.com/revista/dossier/politicas-del-duelo?page=full. Fecha de acceso 4 de Junio 2016

[7] Zizek, Slavoj. Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales. Paidós. Argentina 2009. P. 83

[8] Cavarero, Adriana. Horrorismo. Nombrando la violencia contemporánea. Anthropos. México 2009. P. 16

[9] Escalante Gonzalbo, Fernando. (01/10/2012) Crimen organizado: La dimensión imaginaria. Nexos. http://www.nexos.com.mx/?p=15008. Fecha de acceso 4 de Junio 2016

[10] Valencia, Sayak. Capitalismo Gore. Melusina. España 2010,p. 15

[11] Adorno, Theodor. Critica de la cultura y sociedad. Akal. España 2008, p. 248

[12] Benjamin, Walter. Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Ítaca. México. 2008, p. 41-43

[13] Cavarero, Adriana. Horrorismo. Nombrando la violencia contemporánea. Anthropos. México 2009, p. 12

[14] Ibíd. p. 28

[15] Ibíd. 104.

[16] Ibíd. p. 10

[17] Ibíd. pp. 44-45

[18] Ibíd. p.124

[19] Citado en: Fazio, Carlos. Estado de emergencia. De la guerra de Calderón a la guerra de Peña nieto. Grijalbo. México 2016, p. 70

[20] Cavarero, Adriana. Horrorismo. Nombrando la violencia contemporánea. Anthropos. México 2009, p. 35

[21] Para un seguimiento de la violencia en México se encuentra el ya citado libro de Carlos Fazio Estado de Emergencia, así como: Turati, Marcela. Fuego cruzado. Las victimas atrapadas en la guerra del narco. Grijalbo. México. 2011

[22] Cavarero, Adriana. Horrorismo. Nombrando la violencia contemporánea. Anthropos. México 2009, p. 60

[23] González Rodríguez, Sergio. Huesos en el desierto. Anagrama, España, 2015, p. 14

[24] Silva Forné, Carlos y Pérez Correa, Catalina. Índice de letalidad 2008-2014: Disminuyen los enfrentamientos, misma letalidad, aumenta la opacidad. Instituto de Investigaciones Jurídicas. Fecha de acceso: 2 de junio 2016 http://www.juridicas.unam.mx/novedades/letalidad.pdf

[25] Schmitt, Eric y Ahmed, Azam. (2605/2016) Mexican military runs up body count in drug war. New York Times http://www.nytimes.com/2016/05/27/world/americas/mexican-militarys-high-kill-rate-raises-human-rights-fears.html. Fecha de acceso : 4/ 06/ 2016

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