98 años del Secretariado Social Mexicano

El 8 de septiembre de 1923 el episcopado católico fundó el Secretariado Social Mexicano (SSM) para promover el pensamiento social de la iglesia en respuesta a la primera encíclica social de la iglesia católica, la Rerum novarum, publicada por León XIII el 15 de mayo de 1891 para abordar la cuestión social obrera acaecida por los procesos de industrialización y tecnificación que marcaron el siglo. El SSM se convirtió así en el precursor e impulsor de la acción social cristiana de México y fue un actor clave en la configuración de proyectos y sujetos sólidamente comprometidos con su realidad social, económica y política.

En sus primeros 50 años fungió como el órgano eclesiástico encargado de la actuación cristiana necesaria para la solución del problema social, así como de la organización eficiente de las diversas fuerzas sociales en México en un escenario de desastre nacional tras la gesta revolucionaria. En ese periodo fue el intérprete de la doctrina social católica en sus aplicaciones con miras a conservar y robustecer la autonomía de las obras sociales fomentando en ellas la propia iniciativa y responsabilidad, bajo el supuesto de que la organización del pueblo es un elemento fundamental en la solución de los problemas sociales.

Década tras década de incansable trabajo, produjo y acompañó a su paso innumerables organizaciones religiosas, sociales, populares y campesinas tales como la Juventud Obrera Católica (JOC), la Juventud Agrícola Católica (JAC), la Acción Católica Obrera (ACO), el Frente Auténtico del Trabajo (FAT), la liga campesina, mutualistas, sindicatos, secretariados sociales diocesanos, cooperativas de ahorro y crédito en el campo y la ciudad, instituciones de micro-desarrollo, entre tantas otras a las que capacitó, asesoró, organizó e impulsó siempre con miras a promover el desarrollo social en contextos de cambios acelerados, el principal de entre ellos, el aumento de la pobreza y la desigualdad. De esta manera, desde el Secretariado Social Mexicano se pondrían bases firmes a la pastoral social del episcopado mexicano, en especial gracias al trabajo del padre Pedro Velázquez (4º director del SSM) y su equipo de colaboradores y colaboradores.

En la última etapa de este periodo eclesiástico, acontece el sueño esperado de la primavera eclesial, el Concilio Vaticano II y su traducción más original en Nuestra América: la opción por los pobres y la teología de la liberación, cuya recepción en México no hubiese sido posible sin el terreno abonado por procesos organizativos y de concientización como los impulsados por el Secretariado Social Mexicano. El padre Pedro participa como perito en la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano y Caribeño (Medellín 1968), afianzando relaciones con múltiples organismos afines tanto nacionales como internacionales, promueve la creación de la Comisión Episcopal de Pastoral Social en México y ayuda a redactar la Carta Pastoral sobre la Integración y el Desarrollo del País (1968), tan importante para el rumbo que en lo sucesivo tomaría la acción social cristiana en nuestro país, pues llevará al SSM y organizaciones hermanas a insertarse críticamente en los fenómenos sociales más significativos del ascenso del pueblo, cada vez más consciente de la existencia de una dependencia estructural que configuraba “una situación de injusticia que puede llamarse violencia institucionalizada” (Documento de Medellín, PAZ, n. 16).

De ahí que fuera inevitable el apoyo irrestricto del SSM al movimiento estudiantil antes, durante y después de la masacre de Tlatelolco 68, en abierto conflicto con la postura oficial del episcopado, que prefirió al final callar cualquier denuncia de este trágico suceso, perpetrado por el Estado. La situación de los obispos católicos con el Secretariado se tensa y tras infructuosos diálogos, en 1973, el organismo obtuvo su autonomía respecto del episcopado, quien declaró oficial y públicamente que “el SSM es una institución eclesial de investigación y promoción de la pastoral social al servicio de la Iglesia y del Pueblo de México, pero no es órgano oficial del Episcopado Mexicano”. Como acertadamente señala el P. Jesús García, la autonomía del SSM significará libertad cristiana y responsabilidad propia en la búsqueda y la acción. Se constituyó así en un organismo de inspiración cristiana de asesoría y apoyo a proyectos y programas sociales con mayor carácter popular y de cambio social.

Es así como inicia una nueva etapa con mayor autonomía, energía y profetismo ante procesos de transformación social y política bastante complicados, cuales fueron los de la gestación del capitalismo neoliberal como modelo político económico para nuestras naciones, y cuyos primeros y terribles ensayos fueron las dictaduras militares en América Latina.

Desde entonces, continuará su misión con los mismos sujetos y colectivos (también cada vez más autónomos respecto de la jerarquía católica) durante un segundo período caracterizado por una acción pastoral liberadora en la que el método ver, juzgar, actuar (traído a México por el SSM) marcará la conformación de comunidades cristianas y organismos sociales profundamente comprometidos con la transformación social. Serán las décadas de sucesivas generaciones de conquista, defensa y promoción de derechos económicos, sociales, políticos y culturales donde el sujeto social cristiano jugará un papel fundamental. El Secretariado, de la mano de innumerables organismos de inspiración cristiana liberadora, brindará aportes no menos importantes a la pastoral social de la Iglesia católica y de otras iglesias mediante el ecumenismo social, desde un papel de asesoramiento, acompañamiento y articulación.

Como anota Carlos Fazio (biógrafo de obispos y de la teología de la liberación en México), “en los 80, el Secretariado impulsa la Red de Solidaridad Sacerdotal, acompaña a las comunidades eclesiales de base, a indígenas, campesinos, colonos, obreros; se integra al Cuerpo Consultivo creado en torno a Méndez Arceo; apoya al GOA (Grupo de Obispos Amigos), a CADAC, Cedesa, la Red Campesina, a la llamada Iglesia de los Pobres, a los Biblistas Populares, promueve la Red de Comercio Comunitario, a las Cajas Populares y etcétera, etcétera, etcétera” (La Jornada, 8 de septiembre de 2003). Desde entonces y hasta el presente, su labora se articulará con otras tantas organizaciones a las que acompañará en su origen y desenvolvimiento, tales como el Centro Nacional de Comunicación Social (Cencos), el Centro de Estudios Ecuménicos (CEE), El Centro Operacional de Vivienda y Población (Copevi), el Centro Antonio de Montesinos (CAM), El Centr Nacional de Ayuda a las Misiones Indígenas (Cenami), CEDESA, la REMALC, el Secretariado Internacional Cristiano de Solidaridad con América Latina “Oscar Arnulfo Romero” (SICSAL), la Diócesis de Cuernavaca y posteriormente la Fundación Don Sergio Méndez Arceo, el Centro de Encuentros y Diálogos, Sipro, la diócesis de San Cristóbal de las Casas, el Centro de Reflexión Teológica (de los jesuitas), la Misión por la Fraternidad, el Centro de Derechos Humanos Francisco de Vitoria (de los dominicos), el Observatorio Eclesial… así como innumerables comunidades de base, parroquias, cajas populares, organizaciones cívicas y ciudadanas y otros tantos grupos que iban naciendo o actualizando su quehacer frente a las nuevas formas de dominación y opresión hoy representadas en el desmantelamiento del Estado social y la imposición del modelo económico neoliberal.

Frente a ellas, y de la mano de sujetos emergentes como las mujeres, las y los jóvenes, las víctimas de la violencia, los migrantes, etc., que hacen un cielo lleno de fueguitos que cubren nuestra tierra de pequeñas indignaciones y luchas diarias, el SSM quiere mantener vivo el fuego que lo vio nacer y poner de nuevo las bases (memoria subversiva del cristianismo) de una convergencia de fuerzas sociales (articulación social y eclesial) que se acompañen mutuamente en la consecución de una tierra donde habiten de nuevo la paz y la justicia desde las perspectivas de género y equidad social.

Ello no es otra cosa que la reconstrucción del sujeto social y eclesial en un momento histórico de destrucción del tejido popular y comunitario, de atomización de las fuerzas sociales, de debilitamiento de la esperanza y la profecía; donde se hace urgente volver a la utopía que hoy tiene rostros de horizonte democrático de construcción de ciudadanía y defensa de los derechos humanos, de horizonte ecológico por un desarrollo sustentable, del horizonte de una economía solidaria, y de un horizonte teológico-ecuménico consistente con la fe liberadora que anima el ser y quehacer por una vida digna e integral para nuestros pueblos y cuya traducción insoslayable bien pueden ser las tres T de que habló el papa Francisco en su alocución a los movimientos sociales en Roma (2015): Tierra (como territorio y hábitat), Techo (como vivienda digna y entorno adecuado, con infraestructura, urbanismo, sustentabilidad) y Trabajo (que dignifique lo humano y no lo exprima ni oprima, que sea justamente retribuido, que no persiga objetivos capitalistas).

En la sabiduría presente en la mayoría de nuestros pueblos ancestrales, las cenizas nunca se apagan, ellas guardan el fuego en sus diversas etapas y al acabar el día, después de las labores cotidianas de la vida, siempre queda algún trozo ardiendo, que es cubierto con el polvo gris para que, al amanecer siguiente, de esa brasa se encienda el fuego nuevo. Tras casi un siglo de existencia del Secretariado Social Mexicano, el desafío continua: saber elegir las brasas con la cuales queremos arder nuevas y nuevos, e inflamar las velas que nos lleven a los lugares donde nuestras voces y acciones son más necesarias que nunca, para que del mismo modo en que las cenizas abonan la tierra para hacer brotar la vida, las lecciones del pasado sean alimento de un accionar compartido y revitalizado por los nuevos tiempos, los nuevos rostros, los nuevos desafíos del presente inédito.

Por José Guadalupe Sánchez Suárez
Secretario Ejecutivo del SSM

Miércoles 8 de septiembre de 2021

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